lunes, 17 de marzo de 2014

VENEZUELA Y LA IZQUIERDA DISNEY

Venezuela y la izquierda Disney, por Gisela Kozak Rovero


Al leer los comunicados “Situación de Venezuela”, de la Red Conceptualismos Sur, y el correspondiente a la directiva del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), los cuales circulan por distintas redes sociales, no se puede sentir menos que sorpresa al ver la reedición de los maniqueísmos  de la guerra fría en círculos académicos, intelectuales y artísticos en los que suponíamos había calado la  reflexión sobre el fracaso de los socialismos reales del siglo XX. Estos círculos han tenido una indudable hegemonía dentro de las convencionalmente llamadas ciencias sociales y humanidades y, luego de dicho fracaso, se empeñaron  en renovar sus armas contra el  neoliberalismo y contra el enemigo de siempre, la hegemonía norteamericana, con un nuevo discurso. El postmarxismo ─con autores como Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Judith Butler, Slavoj Žižek, Michael Hardt, Toni Negri entre otros─ se propone superar esquemas como la lucha de clases en el contexto del  materialismo histórico, teoría  que suponía el socialismo como destino inevitable del capitalismo.  El Foro Social Mundial asume por su propia naturaleza y organización  la imposibilidad del estado nacional como vía de transformación de la sociedad y la noción de movimientos sociales sustituye el vocablo mágico revolución. Jesús Martín Barbero  y Néstor García Canclini nos enseñaron que nuestras múltiples culturas y maneras de ver el mundo sobrepujan la identidad nacional, el impacto de los medios de comunicación y de la hegemonía cultural norteamericana y dejan claro que no somos unos autómatas manejados por la ideología dominante. En los terrenos de la crítica cultural  lo más radical de este período hasta inicios del siglo XXI fue el empeño de un sector de los  llamados estudios culturales (con figuras como John Beverley con gran influencia sobre unos cuantos venezolanos que han estudiado literatura  en Estados Unidos) en subrayar la fuerza colonialista, racista, patriarcal y hegemónica de la literatura.

Beverley califica de neo-conservadores a críticas como la argentina Beatriz Sarlo por plantearse la cultura no solamente como el brazo ideológico del poder hegemónico para aplastar a los subalternos sino como la expresión de las complejidades inherentes a toda sociedad.

Esta etapa de redefinición política y teórica no ha significado una renovación profunda a juzgar por los comunicados antes mencionados. Con cuánta rapidez se vuelve a lugares comunes del pasado  y con cuanto entusiasmo cierta izquierda se hace eco del discurso antinorteamericano del gobierno venezolano y de su decidida disciplina de la mentira respecto a la historia de mi país y las luchas de los sectores populares. Esta izquierda abreva en las fantasías anticapitalistas al uso  en América Latina y convierte a todo el continente en un solo bloque en el que todos los fenómenos pueden ser interpretados y explicados de la misma manera. Es una izquierda que en lugar de (post)marxista parece galeanista pues da la impresión de concebir cada país como una ilustración del tendencioso panfleto Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano. En lugar de estudiar con detenimiento y honestidad intelectual las realidades nacionales es prisionera de un discurso sobre nosotros heredado del siglo XX que tiene su génesis en el apoyo a la revolución cubana, la nueva esperanza de la izquierda radical después de la triste historia de sangre y horror del estalinismo. En estos grupos de izquierda ─verdaderos neo-estalinistas dado su dogmatismo así se vistan con los ropajes de Laclau o Hardt─,  el principio del placer, la satisfacción ideológica fácil en este caso, se impone por sobre el principio de realidad. Como diría Raymond Aron (horror, un pensador liberal) la “ideocracia” importa más que la democracia. De este modo Venezuela viene a sustituir a Cuba y a Nicaragua para esta izquierda, a las que algunos venezolanos en redes sociales calificamos de “Disney” por su propensión a contemplar a América Latina como un parque de diversiones anti-hegemónicas. Aunque unos cuantos de los hombres y mujeres que la integran viven  en América Latina, es muy frecuente que estén radicados en Estados Unidos o en Europa Occidental porque, que duda cabe, mejor trabajar en estos lugares que hacerlo en Cuba o Irán de modo permanente o quedarse en Venezuela a devengar los sueldos de hambre de la academia nacional. No: ser chavista en una universidad del imperio es mucho mejor: ¿será por aquello de la “distancia analítica”?

Desde la perspectiva de esta izquierda, el 49% de los votantes venezolanos que estamos en la oposición (según cifras oficiales del Consejo Nacional Electoral en las elecciones presidenciales de abril de 2013) protestando por vivir unas  tasas de inflación, inseguridad personal y desabastecimiento de las más altas del mundo, somos unos supremacistas blancos, descendientes de inmigrantes europeos que antes de 1998 mantuvimos una suerte de “apartheid” sobre afrodescendientes, indígenas y mestizos. De acuerdo a estos cuentos de horror  de la izquierda Disney, este 49%, poco más de siete millones de personas, pertenecemos a las clases medias acomodadas o a la burguesía y hemos explotado a los otros poco más de siete millones de venezolanos seguidores del oficialismo, a los que odiamos y despreciamos por motivos de clase y raza. Es decir, en Venezuela hay un explotado por cada explotador, curiosísima circunstancia que supongo nos hace únicos en el mundo. De más está decir que somos los sirvientes del gobierno norteamericano y la derecha colombiana y nuestros líderes son unos fascistas, peones de USA, gente blanca que de llegar al poder inmediatamente cancelará la educación pública, los programas de salud y las pensiones de vejez para poner el petróleo en manos de las transnacionales, porque, por supuesto, nada en Venezuela pasa al margen de los intereses de Estados Unidos.

Semejante visión satisface las ortodoxias raciales y seudo-progresistas con las cuales  las viudas y viudos de las fracasadas revoluciones comunistas del siglo XX se apropiaron de las legítimas ansias de transformación necesarias en un mundo globalizado amenazado por el deterioro ecológico, la violencia y la pobreza, pero es un insulto para los hombres y mujeres de una nación enfrentada y dividida que sufrimos cada día de nuestra vidas las consecuencias nefastas de la revolución bolivariana. Es un insulto y es mentira, MENTIRA con todas sus letras, una mentira que cubre cual  espeso manto ideológico la historia de Venezuela, su economía y sus luchas sociales y políticas. La oposición venezolana, al igual que el sector oficialista, está constituida por gente de todos los sectores sociales y colores de piel, le guste o no al puritanismo racial que cierta academia asociada con izquierda Disney trata de imponer en  sus análisis sobre América Latina, pues solamente un puritanismo absurdo puede convertir el color de la piel en la explicación última de lo que ocurre en Venezuela.

Mientras en Estados Unidos no permitían que las personas afroamericanas se sentaran en los mismos asientos de los angloamericanos en los autobuses, nosotros tuvimos un ministro negro de educación como fue Luis Beltrán Prieto Figueroa en los años cuarenta del siglo pasado. Además,  el voto es universal, directo y secreto desde 1947. La educación, la salud públicas y gratuitas, las pensiones de vejez  y los programas sociales (conocidos como misiones) no son un invento de la revolución pues existían desde hacía décadas. En Venezuela se impuso una economía rentista dependiente del petróleo y el estado siempre ha sido el gran administrador del ingreso; este modelo entró en crisis en los años ochenta del siglo pasado por los vaivenes de los precios del crudo y porque los gobiernos se endeudaron irresponsablemente para satisfacer un populismo improductivo, historia que vuelve a repetirse ahora a pesar de los altísimos precios del petróleo con las consiguientes consecuencias desastrosas para la población y sin los resultados en obras públicas y servicios de gobiernos anteriores. La “derecha” en Venezuela es una coalición de centroizquierda, con organizaciones como Voluntad Popular (partido de Leopoldo López), Avanzada Progresista, el MAS, Alianza Bravo Pueblo y AD, inscritos en la Internacional Socialista. María Corina Machado es demócrata liberal y Henrique Capriles, de Primero Justicia, se define como socialdemócrata. ¿Fascismo? Por supuesto que no, desde 1958 Venezuela tiene una democracia de partidos. En cuanto a Estados Unidos muy ocupado en otros asuntos, me permito sugerir, sobre todo a los colegas estadounidenses, que dejen de pensar que todo gira alrededor de su país. Aunque en su ceguera neoestalinista la izquierda Disney no lo crea, pasan cosas en el mundo que no tienen que ver con USA porque, en el caso venezolano, tenemos nuestra propia historia y problemas. No pareciera muy sensato creerle al gobierno revolucionario que la mitad de los votantes son lacayos del imperio.

Entre nosotros quienes se ha ocupado de tratar de construir un estado corporativo y autoritario son los jerarcas rojos de la revolución bolivariana, quienes promueven vía políticas educativas, culturales y comunicacionales un costosísimo culto a la personalidad del Comandante Supremo, culto que tiene las características de una religión de estado que mezcla a Cristo, Simón Bolívar y Chávez en una santísima trinidad revolucionaria que ocupa hasta altares domésticos. Los integrantes de la izquierda Disney deberían preguntarse  si un gobierno que para desprestigiar a su adversario dice que es  homosexual, como se ha hecho con Capriles Radonsky, es el gobierno progresista, la marea “rosada”, que satisface sus anhelos de cambio. Si la alternativa a las transnacionales de la información es el monopolio estricto del gobierno venezolano sobre los canales del estado usados como instrumentos de propaganda contra el enemigo, al mejor estilo cubano y soviético, me quedo con los sistemas informativos de las denostadas democracias liberales en los que es posible encontrar posiciones radicalmente distintas. Lo que para la izquierda Disney son diversiones anti-hegemónicas para nosotros es sufrimiento, pobreza y exclusión. Y, por favor, antes de que se piense en 11 de abril de 2002, debo señalar que el golpismo en Venezuela fue la vía con la que Chávez comenzó a calar  entre sus futuros votantes y que la gente, verbigracia Pedro Carmona,  que llevó a cabo la payasada autoritaria que devolvió al Comandante Supremo a la presidencia  a la cual había renunciado, se parece más al propio Chávez que a la oposición venezolana actual.

Conmovidos por las experiencias comunitarias alimentadas con la renta petrolera, la izquierda Disney da crédito a una fantasía de democracia directa inspirada en el pensamiento de Rousseau  que tapa el drama del rentismo, el autoritarismo y el fracaso económico. Grandes intelectuales y artistas del siglo XX se deslumbraron con la Unión Soviética, China y Cuba para decepcionarse muchos en el camino, pero en nosotros gente de ideas y de palabra abunda el sueño de influir en el cambio social y caemos en el pecado tan antiguo como la filosofía de querer guiar  a los tiranos al estilo de  Platón en Siracusa. Hoy en día se hace en nombre del “pueblo”, los “subalternos”, la “multitud” pero, como siempre, la libertad sale expulsada cual los poetas en la república platónica y es preciso conformarse con alguna comida tres veces al día, una beca miserable o  una educación de quinta categoría: en suma, con un superestado que reparte migajas de renta. Como dijo nuestro joven ministro de educación Héctor Rodríguez (declaración disponible en YouTube): “No los convertiremos en clase media para que se metan a escuálidos” (opositores). No sigue la revolución el ejemplo de buenas políticas públicas de Mujica, Rousseff y Bachelet cuyos intereses y formación -hay que decirlo- los llevan a alcahuetear a la  revolución bolivariana en nombre de sus seguidores radicales, los intereses económicos de sus países o el antinorteamericanismo militante que hace tolerable dictaduras como la cubana pero no como la de Pinochet en Chile, doble rasero inaceptable que ningún verdadero demócrata puede prohijar.

Para terminar, y como diría el filósofo brasileño Roberto Mangabeira Unger  en La alternativa de la izquierda, la voluntad de cambio requiere de una opción realista que dé rienda suelta  todas las potencialidades liberadoras existentes en el mundo en el marco de una economía mundial de mercado.  El capitalismo no es un sistema homogéneo que se manifiesta del mismo modo en todo el planeta: Suecia, Angola, Estados Unidos y China son muy distintos. El socialismo, si seguimos usando una palabra tan desprestigiada por los hechos pero tan esperanzadora,  no puede ser una máquina de beneficencia pública como en Venezuela, en donde a cambio de subsidios se exige el sometimiento clientelar. Es preciso decirle adiós al neoestalinismo y adiós a la izquierda Disney que  se apropian de la voluntad de cambio para convertirnos en esclavos de abstracciones que se suministran desde el prestigio de sus cátedras universitarias. El gran enemigo de esta izquierda autoritaria es la herencia del liberalismo político: pluralismo, derechos humanos, creatividad individual, diversas visiones del bien común. Nuestro deber como gente de estudio y escritura es ayudar a plantear la reinvención  de la democracia y hacer de  la libertad la fuerza del cambio, no retroceder al desvencijado archivo del estatismo filantrópico del reparto de la pobreza ni conformarnos con una socialdemocracia burocrática y apocada.  Venezuela no requiere un bloque hegemónico que persuada a la población no convencida de las virtudes de la revolución. No. Requiere  de un proyecto capaz de sacar al país adelante, respetar a las minorías, superar el rentismo  y asumir el reto de que las políticas de estado colaboren para que las capacidades de la gente le permitan asumir las riendas de su vida personal en función de una mejor existencia colectiva. En esto estamos y seguiremos pues así la revolución bolivariana sea un despotismo elegido sustentado en victorias electorales (cada vez más dudosas y relacionadas con un descarado ventajismo), los venezolanos no chavistas tenemos derecho a existir y a estar representados en el gobierno. Invito pues a los colegas de la academia internacional que aún no han reparado en los graves errores de la revolución no a dejar de apoyarla sino a mirar con mayor realismo al sector opositor y no contentarse con las patrañas de la propaganda chavista tan bien aceitada con los recursos de todos y cada uno de los hombres y mujeres de Venezuela.





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